Lovina, mi primera impresión de Bali:

Llegué a Bali de una forma algo distinta a como lo hace la gran mayoría de viajeros. De normal, la gente llega en avión a Denpasar pero, en mi caso, no fue así. Llegué a cuestas de una honda algo viejita, después de hacer 800km en ella, cruzando la isla de Java en moto hasta llegar a Bali.

Era medianos de Marzo, una época en la que es fácil que caiga algún chubasco y ver el cielo encapotado por algunas horas, al llegar, noté una gran humedad.

Al salir del puerto, al norte de Bali, hay dos carreteras: una que se dirige al norte de la isla y la otra que se dirige al sur. Decidí primero ver la zona norte de Bali, ya que leí en blogs que era más auténtica y menos turística y así lo hice.

Barca en la playa de Lovina, Bali

Me noté cansada y decidí parar en Lovina, un pueblito tranquilo, lleno de warungs (puestos de comida local riquísima), estatuas balinesas con sarongs de cuadritos blancos y negros, ofrendas por todos lados (incluso algunas en el suelo pisoteadas), perros, motos por todos lados y casas de cambio con un cambio espantoso. Ahí, empecé a darme cuenta de que ya no estaba en Java, los cambios de moneda ya no eran los mismos.

Hacía semanas que no estaba en un Guest House tan lindo, eran bungalows con piscina al lado de la playa. La recepcionista, una niña de 5 años, me dijo que sus papás habían salido y que esperase a su llegada. De mientras, tenía tantas ganas de playa que, aunque el cielo estaba feo, decidí conocerla.

No era una playa de estas de revista, la arena era negra y había barcos de pesca anclados en la arena por la marea baja, igual me quedé mirándolos.  Empezó a llover y me resguardé de la lluvia en un cobertizo.

-Piscina- me vino a la mente. ¡Tenía piscina en el Guest House! Todo un súper lujo después de semanas durmiendo en hostales de carretera en Java. Hacía mucho que no nadaba en una piscina, así que entre cuatro gotas que caían, me metí en ella sin pensarlo. Estaba sola, flotando tranquila en el agua y la lluvia. –Genial- pensé.

Seminyak, la locura festiva de la isla:

Lo que menos buscaba en Bali, era fiesta y movimiento y Seminyak, junto a Kuta, eran uno de los peores sitios para buscar calma.

Surfers australianos por todas partes, tiendas de souvenirs, restaurantes de western food – ¿qué sentido tiene hacer miles de quilómetros para terminar en un western food?, es algo que nunca voy a entender –  bares llenos de turistas, estudios de tatuajes y a cada paso que daba escuchaba: “¿yes, transport?”, “¿motorbike?”, era para contar las veces que te lo preguntaban en un trayecto a pie de 10 minutos.

Sate, una de muchas comidas típicas de Bali.

Eso sí, me enganché al maíz que vendían en los puestecitos ambulantes al lado de la playa de Seminyak por 10.000 rupias (0,65€) y caminar descalza contemplando las decenas de atardeceres que vi en las playas de Bali. Cada día era de diferentes tonalidades, unos días se veía el sol desaparecer en el horizonte del mar y otros entre las nubes, pero cada día genial.  Vi el cielo rosa, azul, naranja y rojo.

Aterdecer en la playa de Seminyak

Los fines de semana se reúnen familias y amigos en la playa para ver el atardecer y hacer volar cometas, había de todas formas: peces, barcos, pájaros y algunos hechos caseros con bolsas de plástico pero servían igual. Vi el mar sin olas.

Una mañana fui a buscar mi ropa en una laundry entre las calles de Seminyak y me di cuenta que era la única que iba andando a todos los sitios.

Allí, la gente usa la moto para ir a cualquier lugar que quede a menos de 30 metros. Esquivando decenas de scoopys, más perros y más ofrendas, llegué a la lavandería y tenían a punto mi ropa dentro de una bolsa de plástico. Al menos había allí 100 bolsas de ropa apelotonadas, eso sí, con un aroma muy agradable.

¡Ropa limpia! – estaba algo cansada de lavar la ropa a mano cada día con una pastilla de jabón, aunque, al final, me acostumbré pero, en este momento, que me lavaran la ropa y sentir que estaba limpia de verdad, fue todo un lujo–.

Tuve la suerte de experimentar cómo se vive el Ramadán en el país musulmán más grande del mundo y cada mañana, eso de las 4:00h – 4:30h, empezaban los rezos en la mezquita de al lado de la habitación donde estaba.

Me desperté cada día a esa hora durante todo el mes de julio que dura el Ramadán. Y, para que se escuchara mejor, en lo alto de la mezquita había unos altavoces, para así asegurarse, de que nadie se quedara dormido para empezar el día. Creo que os podéis imaginar mi cara al oír los rezos a estas horas, pero es Ramadán, así que todo bien.

Canggu, paz y tranquilidad entre arrozales:

Alquilé una habitación en Canggu y, al hacer eso, sin darme cuenta, recuperé un poco esa rutina que el movimiento no permite tener y dediqué pequeños momentos de mi día a día a detalles en los que encontraba la felicidad: ir a nadar por la mañana, pintar mandalas, escribir en mi cuaderno, caminar, leer, hacer fotografías y editarlas.

Los dueños de la habitación, eran una pareja balinesa encantadora, con su perrito que tenía un cascabel en el collar -¿no son los gatos los que llevan un cascabel?, pero me hacía gracia-  y venía muchas veces a mi cuarto a hacerme compañía.

Escuché todos los días al dueño de la habitación preguntarme cada vez que me iba: “Farners, where do you go?” aunque sólo me fuera a comprar agua en el Indomaret de al lado.

Calles de Canggu, Bali

La dueña me cuidó mucho, me cosió algún que otro pantalón y a veces me traía arroz con tofu, tempe y chili de algún warung envuelto en papel madera. No me atreví a decirle que no me gustaba el chili, no quería ser desagradecida.

Los veía cada mañana montar las ofrendas y ponerlas en el suelo delante de la puerta de la villa. Me daba pena al final del día verlas bien chafadas. Yo no quería pisarlas, no fuera a ser que los dioses se enfadaran conmigo.

Ofrendas de un templo hindú

Mi ritual era: cada mañana al salir de la habitación, recoger del suelo una flor llamada frangipani, la típica flor blanca con el centro amarillo de 5 hojas y ponerla en la repisa de mi ventana. Me alegraba hacerlo.

Guardé mis botas en el armario de la habitación y anduve en chanclas o descalza durante todo el tiempo que estuve en Bali. A la que me fui y me puse las botas, me sentí agobiada y me molestaban mucho, tardé tres días en acostumbrarme a llevar algo tan opresor en los pies. Luego se me pasó.

Viví el año nuevo balinés con la isla en total silencio durante veinticuatro horas, con todo cerrado sin poder encender una luz ni salir a la calle, con el cielo más estrellado que una se puede imaginar.

Me familiaricé mucho con palabras en bahasa e incluso un día me animé a intentar decir más palabras, me hacía gracia la sonrisa que se les dibujaba en la cara a los balineses. Era todo un esfuerzo para mí, pero creo que les hacía gracia.

Me perdí por un mercado de artesanias en Ubud, me dejé llevar por su gente y su colorido, encontrando arte en forma de platitos.

Artesanías en un mercado local de Ubud

Andando por las calles de Seminyak, me saludaban los vecinos que me conocían, me sentí realmente acogida por la gente del lugar.

Iba a la playa casi todos los días y aprendí a nadar entre olas gigantes a mis ojos, a esquivar surfers y, cada vez que dentro del agua notaba algo en la pierna, pensaba que era un pez que me rozaba.

Descubrí una playa llamada White sand beach, después de cruzar en moto por una autopista que va por encima del mar. Allí, descubrí que no hay demasiadas playas bonitas en el sur de Bali.

Explorando la isla de Bali en moto.

Subí un volcán imponente a pie, visité templos y más templos sin cansarme de quedarme sentada mirando su arquitectura e intentar entender mejor la religión hindú, me causaba –y todavía me causa- mucha curiosidad.

Templo hindú en Bali

El agente que me renovó la visa me miraba intensamente a los ojos con cara de enfadado, para terminar de golpe con una sonrisa y decir: ¡makasihhhh! (Makasih = Terima Kasih = Gracias)

Después de dos meses, tuve que salir y volver a entrar a Indonesia porque mi visado volvía a caducar y, al estar en el aeropuerto esperando a salir hacia Singapore, tenía un sentimiento de estar dejando mi casa.

Seguido pensé: “en unos días vuelvo a Bali por dos meses más y tengo un sentimiento de que abandono algo. Algún día me voy a ir por mucho tiempo, sin saber cuándo volveré, voy a tener que pasar por ello”.

Campos de arroz en Canggu

Experimenté de a poco cómo era irse da Bali para prepararme cómo sería el día en que realmente me fuera. El día que realmente me fui, me despedí de los dueños de la habitación con un fuerte abrazo y me dijeron que el próximo año me estarían esperando de nuevo allí.

Estar quieta en Bali, me dio la oportunidad de darme cuenta que: viajar a Bali y vivir a Bali, son experiencias completamente distintas. No puedo decir que Bali superó mis expectativas, básicamente porque no llevaba ninguna. El viaje siempre es algo subjetivo.

Eso hizo que fueran 4 meses llenos de experiencias inolvidables. Sé que si algún día vuelvo, no lo voy a vivir igual, porque no seré la misma persona dentro de unos años y porque puede que ahí sí lleve expectativas por lo vivido.

Al hacer este post, releí mi cuaderno y reviví muchos momentos que pasé allí. No pensaba que había hecho tantas cosas en Bali y me di cuenta que también estuve en movimiento.

 

¡Buenas rutas, viajera!

¡Deseo tu comentario! y si te gustó, ¡comparte!

¡Gracias!


¿Quieres recibir mis postales viajeras?

MÁS INFORMACIÓN SOBRE MIS POSTALES AQUÍ

About author View all posts Author website

Farners Martin

9 CommentsLeave a comment

  • Me gustó mucho tu relato. Me gusta lo de viajar sin expectativas, yo tambien lo aplico y gracias a eso me he llevado las mejores sorpresas, creo que es un excelente consejo para otros viajeros. Saludos Farners!

    • ¡Hola Fran!Muchísimas gracias por tu comentario tan positivo, ¡lo escribí con el corazón! En mi opinión es mejor no llevar expectativas, como bien dices, es cuando una se lleva las mejores sorpesas de un viaje. Te mando un abrazo enorme ¡y a seguir conociendo este mundo tan bello!

      Un abrazo, Farners 🙂

  • Hello, me ha. Encantado mucho el post y es que a mi también me encanta viajar muchos besos y sigue así aconsejandonos y contándonos tus vivencias por el mundo

    • Hello Kristen!

      ¡Gracias por pasarte por el blog y leerlo! es todo un placer para mi que te guste mi relato de Bali. Con estos comentarios, me dan muchas ganas de seguir adelante con este proyecto y ayudar a otras viajeras en base a mi experiencia. Saludos!!

  • Hola Farners!!!

    Mi nombre es Sole, te escribo desde Chile para contarte que estoy programando mi viaje junto a mi pareja para el mes de Junio del 2018.

    Me gustaría que me orientaras respecto de los lugares en los cuales quedarnos, lejos del ambiente de fiesta que es algo que siempre evitamos,

    Es recomendable quedarse en Ubud como “centro de operaciones” o recomiendas dormir en distintos lugares? Claro está que en Gili air y Gili Meno nos quedaremos un par de días. También nos gustaría Nusa Lembongan y Nusa Penida

    Queremos realizar nuestra travesía en moto.

    Espero ansiosa tus comentarios, Muchas gracias.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *