Cuando alguien te conoce por primera vez, sean otros viajeros o gente local, una de las primeras cosas que te preguntan es: “¿de dónde eres?”, entiendo que lo preguntan para saber un poco cómo soy o cómo han de comportarse ante mi (cómo si el haber nacido en un lugar u otro te definiera cómo eres como persona…) y así ahorrarse un montón de preguntas que se deberían hacer aunque, en mi opinión, es un error asumir que el otro es de una determinada manera sólo porque nació en un lugar u otro.

Obviamente, la gente si bien no lo hace con mala intención y lo hace con el objetivo de iniciar conversación y saber dónde está tu casa, de manera inconsciente, te juzga por tu  origen. Es algo que hay que cambiar.

En fin, hasta ahí todo bien, una pregunta fácil. Lo tengo claro: nací en Barcelona y me crié en un pueblo llamado Sils, a unos 80 km de distancia de la ciudad condal.

El problema viene cuando me preguntan: “dónde vives?”. Ahí es cuando me entran todas las dudas, pues no lo sé… Hasta hace poco decía que vivía en Sils, después pasé a decir que mi casa (la casa de mis padres) estaba en Sils pero que estaba viajando y ahora ya no sé qué contestar, se me complica.

Valle de la luna, Argentina

Debo reconocer que, cuándo conozco a alguien en el camino, sigo diciendo que soy de un pueblo al norte de Barcelona, así simplifico la respuesta y no tengo que estar dando demasiadas explicaciones, y más cuando no hay un lenguaje en común con la otra persona.

Has oído hablar de ¿“El síndrome del eterno viajero”?. Dicen que el síndrome del eterno viajero, es cuándo no te sientes ni de aquí ni de allí, sientes que no perteneces a ningún lugar, sientes como una especie de ansiedad de querer siempre estar en otro lugar.

Al llegar a casa, parece que te falta algo, parece que los recuerdos del lugar dónde naciste y creciste, no coinciden ya con el lugar en cuestión. A veces pienso que, quizá mis sentimientos tengan algo de similitud con este síndrome.

Lo mío fue algo más rápido de lo normal

Empecé con los grandes viajes no hace mucho. Antes de hacer mi primer viaje sola a Asia, hacía algunas escapadas por España y sur de Francia, pero nada comparado con pasar meses en otro continente, con culturas totalmente opuestas, idiomas desconocidos, lugares exóticos y sabores irreconocibles.

Es una sensación de libertad increíble. No estoy atada a ningún lugar, pero si a muchos sentimientos en lugares diferentes. Claro que extraño a los míos, incluso hay días que me gustaría poder abrazarlos aunque sólo fuera un momentito. Pero es una decisión consciente, es una prioridad para mí estar en constante movimiento ahora.

En España siempre se le ha dado demasiada importancia, en mi opinión, a la casa como construcción física. El sueño de la mayoría es tener casa propia, cómo si una estructura de ladrillos definiera tu lugar en el mundo.

Salinas grandes en Jujuy, Argentina

A diferencia de España, la gente de otros países de Europa, se mueve mucho más, aunque ellos no tienen el sentimiento de familia unida y eso, ya no lo comparto. Para mí la familia es lo más importante. Pero la familia son las personas y no las cosas.

Esta semana, 3 personas de distintas partes del mundo (una mujer de Alaska, una mujer alemana y precisamente una mujer española) me han repetido lo mismo: “tu casa es dónde te sientas que puedes ser tu misma y seas feliz”.

Las tres no me lo dijeron con las mismas palabras (obviamente) pero el mensaje a transmitir era el mismo. Con la mujer alemana, Kerstin, pude estar un buen rato hablando con ella, y vi que teníamos un sentimiento muy parecido las dos, con vidas distintas pero a la vez parecidas.

Me parece muy fuerte tener mucho más en común con gente que apenas conozco, con viajeros y gente multicultural, que con las amigas con las que compartí la escuela o los que viven en “mi pueblo”, incluso que con algunos integrantes de mi familia.

De alguna manera, la gente que viaja o ha viajado y ha estado o está en contacto con diferentes culturas, tiende a pensar y actuar de manera particular, que muchas veces es diferente a la de su cultura de origen.

El viaje te cambia, siempre que permitas que este cambio suceda, claro. Te conviertes en una persona más abierta y tolerante. No estoy diciendo que la gente que no viaja, no sea abierta ni intolerante, por supuesto que no, pero lo que sí es verdad, es los viajeros tenemos este sentido más aumentado.

Mercado local en Yangon, Myanmar

No sirve de nada haber visitado 50 países distintos si no te has sumergido en la cultura de cada país que visitaste, e integraste cada experiencia vivida dentro de ti.

Yo no me siento de ningún lado, ni en “mi” pueblo, pero esto no quiere decir que no lo pueda sentir en otras partes del mundo. Por eso a veces me siento algo identificada con la sensación del eterno viajero del que antes hablaba (no me gusta llamarlo síndrome).

Estar quieta 3 meses en el mismo lugar, me están sirviendo para organizarme, priorizar, pensar y poner en escrito este sentimiento que resonaba dentro de mí y que, además, tres personas distintas, de distintos puntos del planeta, me hicieron darme más cuenta de lo que sentía dentro de mí. ¿Casualidad? No creo en casualidades…

A veces hace falta barajar y dar de nuevo para poder seguir el camino, con la convicción de que se está en el camino correcto, o al menos, en el que una quiere. Y así, algún día, encontrar un “hogar” sea dónde sea que esté, con quien quiera estar, haciendo lo que realmente quiera hacer. Porque, si no luchas por esto, ¿qué sentido tiene todo?

 

¡Buenas rutas, viajera!

 

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Farners Martin

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